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Rogue One, una errática historia paralela de Star Wars

Se estrenó el primer spin-off de la saga creada por George Lucas, que cuenta una aventura ocurrida entre el Episodio III y el Episodio IV.

Existe un enclave insoslayable en Rogue One: una historia de Star Wars, y es sin duda el quiebre de la saga nacida hace cuatro décadas.

En aquellos tres films iniciales de los 70s y 80s el entorno ambientado en una galaxia muy lejana recreaba en su estructura al western de Hollywood, con sus héroes (Han Solo, Luke Skywalker), su dama en apuros pero con garra (Leia), su villano (Darth Vader) y su viejo y sabio comisario (Obi Wan). 

Sin embargo, Rogue One, que toma la forma de spin-off para, en realidad, contar lo que sucedió entre el Episodio III (Revenge of the Sith, 2005) y el Episodio IV (A New Hope, 1977), es de forma decidida un cuento de guerra. Y lo es más que nada por la epopéyica secuencia de acción que emula al desembarco en Normandía, incluso con algunos paralelismos con el retrato de aquel evento de la II Guerra según el Private Ryan de Spielberg, pero también porque su estructura es la de un enorme TEG en el que se acumulan nombres de escenario de conflicto, comandantes y soldados.

En concreto: ¿qué le suma a la ya de por si abultada historia de jedis, sith, senadores y emperadores malvados esta nueva búsqueda de Disney por expandir la franquicia? Poco y nada. Porque Star Wars es una saga de imagen y hormonas de entertainment, de videogame con peso narrativo. La llegada de un Episodio 3.5, en este marco, juega apenas el rol de un bonus track que nadie pidió y cuya trama gira en torno a la búsqueda por parte de los rebeldes de los planos de la Estrella de la Muerte,.

La primera mitad del relato, con algunos segundos que recuerdan a la estética de Blade Runner, es cansina, una extended version de lo que podría haber sido un fan book o quizá un prólogo del Episodio IV para fanáticos. Demasiados carteles con nombres de planetas, demasiados diálogos y presentaciones de personajes sin sustancia, demasiado rompecabezas y maraña tecno. Luego, a modo de recompensa, la segunda parte del film apuesta por la aventura pura y dura a caballo de la mencionada secuencia de acción hardcore y con la bienvenida presencia de Darth Vader ejerciendo su primer papel como amo del mal de la galaxia.

Hay algunos bonus para el ejército de fans que colmó las primeras funciones de Rogue One y aplaudió cada aparición reconocible (no así los personajes nuevos y un tanto anodinos encarados por Diego Luna y Felicity Jones). De esta manera, lo más celebrable del film de Gareth Edward son los guiños a lo que ya conocemos: el propio Vader, la digitalizada aparición de la princesa Leia y la, nobleza obliga, extraordinaria recreación vía CGI del Grand Moff Tarkin de Peter Cushing (fallecido en 1994).

Otro de los aciertos es el robot con el mismo destino de action figure taquillera que tuvo BB-8: el simpático K-2SO, especie de C3-PO corajudo que, de paso, dispara una feliz referencia al Iront Giant que Brad Bird selló en pantalla en 1999. Pero dos o tres elementos con pulgares para arriba no terminan de justificar más de dos horas de fílmico que, para colmo, se venden a babucha de un 3D que en ningún momento ejerce como tal.

¿Queremos más Star Wars? Sí. ¿Queremos el spin-off de Han Solo? Desde ya. ¿Quedó gusto a poco con Rogue One? Sin duda.

REGULAR

Rogue One: una historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story) EE.UU. 2016. Dirección Gareth Edwards. Guión Chris Weitz, Tony Gilroy. Basado en una historia de John Knoll y Gary Whitta, basada en personajes de George Lucas. Con Felicity Jones, Diego Luna, Fores Whitaker, Mads Mikkelsen, Donnie Yen, Wen Jiang.

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