Nazareno Casero escala un edificio y mira por las ventanas más de lo conveniente
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Nazareno Casero escala un edificio y mira por las ventanas más de lo conveniente

El actor protagoniza "Reflejado", un thriller de oficinas que busca ir un poco más allá pero se queda entre pisos.

Nazareno Casero es un actor efectivo. Lo sabemos desde que fue una de las grandes revelaciones de Cha Cha Cha hace ya tres décadas, cuando compuso para la troupe de Casero, Alberti y Capusotto al pequeño alumno que se burlaba de los profesores que le tomaban examen y ante quienes actuaba dolor familiar para ser aprobado. Hoy el pibe está cerca de los 40 años y en su carrera hasta se puso en la piel del 10 en la serie de Amazon "Maradona: Sueño bendito", por citar a su otro papel más reconocido.

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En esta ocasión, ya casi cuarentón aunque no lo parezca, el actor protagoniza Reflejado, que se enmarca en el suspenso con una trama ambientada en un edificio de oficinas del centro de Buenos Aires. Allí, entre paredes de vidrios espejados, se acumulan secretos y se tejen juegos macabros entre algunos de sus pobladores. En esa empresa Alejo (Casero) es contratado para limpiar los vidrios día a día, labor que lleva adelante sin problemas en términos técnicos pero con las consecuencias que de inmediato le trae meterse en los asuntos (o en las ventanas) por las que no debería espiar.

El actor al que también vimos de chico en Buenos Aires Viceversa de Alejandro Agresti (1996) y de grande en la serie Historia de un clan (2015) cumple con solidez su papel de joven que bordea la marginalidad y que, trabajo en mano, se cruza en el vértigo de las alturas empresariales porteñas con una ejecutiva que luce impiadosa (Nancy Dupláa), un encargado de seguridad que exagera malicia (Juan Palomino) y un hombre que, literal, se mueve por la cornisa (Luis Ziembrowski).

Hay un buen combo inicial de elementos en el film, delineado por un relato que plantea buenas ideas pero que se desgaja a medida que avanza una trama pobre en su sostén narrativo. Allí está Alejo, deambulando por un edificio gigante en el que, sin embargo, parecen solo cohabitar un puñado de personas, dejando vacío el resto del lugar, algo que queda en evidencia en el minimalismo del cast, reducido a los personajes que gravitan en torno al protagonista. Nadie más. La película tiene como escenario principal al edificio y la ausencia absoluta de extras hace que el tono se vuelva distópico sin quererlo.

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Otra duda que surge cuando las cosas empiezan a resolverse es la del destino de algunos personajes que desaparecieron sin aviso. Mientras se escriben estas líneas se hace presente a modo de link la imagen de los showrunners de Lost, aquella serie de 121 episodios cuyo final todavía purga condena en algún cadalso.

La puesta desnutrida que pone en juego el director Juan Baldana (responsable de la exitosa y muy redondita docu-serie de Netflix Ángel di María: romper la pared) conspira contra el resultado final, que, atado al texto y su elenco principal, naufraga a causa de agujeros narrativos que no ayudan a la labor del flaco que sigue colgado allá arriba, esperando mejores líneas de guion.