Una casa con dos perros y un viaje al año 2001 que suena familiar
Se estrenó la película de Matías Ferreyra, Una casa con dos perros. Una familia rota y un clima agobiante como el que había en el escenario temporal de la historia, en diciembre de 2001.
“Una casa con diez pinos, en el sur hay un lugar”, cantaba Javier Martínez en Manal y el reflejo melómano asoma ante el título de la película debut de Matías Ferreyra, Una casa con dos perros. Y en el sur, sí, porque bien podría ser del sur bonaerense esa casa de clase media venida a menos que oficia como escenario del relato.
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En la línea de películas argentinas como La cama (Mónica Lairana, 2018), Adiós entusiasmo (Vladimir Durán, 2017) o, yendo un poco más lejos y quizá como referencia enciclopédica, La ciénaga (Lucrecia Martel, 2001), el film de Ferreyra indaga en los rincones de una casa familiar para encontrar pasadizos a lo no dicho entre pelusa y mugre corrida bajo las alfombras.
Ambientada en un 2001 que en la Argentina de 2025 se ve como un flashback en mood “acordate de lo que pasó”, la trama nos plantea la situación de una pareja que se muda con niñxs a la casa de la madre de ella. En el lugar, muy bajo en nutrientes de hospitalidad y prosperidad, vive también otro de los hijos de la dueña de la casa, hermano de la recién llegada, abandonado a su suerte y a él mismo.
El film sigue el flujo de las arterias de la casa, la forma en que conviven una señora aturdida por sus fantasmas y una hija frustrada ante un presente que la encuentra, otra vez, dependiendo de su progenitora, viviendo en el garage con su pareja y lxs pibxs. Demasiada gente en poco espacio, demasiada turbulencia familiar y de pareja bajo un mismo techo.
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Los planos cortos que componen la estructura narrativa consiguen que el ahogo de los personajes atraviese la pared transparente de la pantalla. Hay agobio en el ambiente. O, más exactamente, hay agobio en cada uno de los ambientes.
En todos hay un perro, un fantasma, una vecina que entra sin que nadie sepa, un miedo, una sombra equívoca, una ausencia con relieve. Ferreyra dotó a sus personajes de la capacidad de ser infelices de cualquier manera. Solo lxs chicxs parecen estar fuera de la contaminación a la que fue sometido el resto de la familia, hundida en una adultez convertida en foco infeccioso.
El año 2001 aparece representado en la casa y en los humanos y en los perros. Estos últimos, fantasmagóricos, operando como recordatorio de que adentro de la casa la situación es infernal pero afuera la cosa está peor.
—No se asomen a la ventana.
La palabra de mamá a hijxs es una orden de contexto ante las cacerolas que empiezan a sonar afuera porque se cortó la luz y la gente no se la banca más. Desde el televisor suena la voz de Fernando de la Rúa. Un flashback del pasado argentino cayendo desde la pantalla en un complejo 2025, un cuarto de siglo después de aquello. Quizá un flashback. Quizá, también, un recuerdo del futuro.
