Los principales organismos económicos del mundo siguen sin consensuar qué tan profundo será el impacto de la inteligencia artificial en el empleo, pero coinciden en que la transición será turbulenta. Un informe del Foro Económico Mundial calcula que la IA podría crear unos 170 millones de puestos de trabajo, pero antes destruiría alrededor de 92 millones, mientras que el Senado de Estados Unidos proyecta hasta 100 millones de empleos en riesgo por automatización avanzada. Ese desequilibrio temporal entre empleos destruidos y nuevos empleos creados reaviva, también en América Latina, la discusión sobre herramientas de contención social como una renta básica universal dirigida a quienesden desplazados por la tecnología.
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?En paralelo, algunas de las voces más influyentes del ecosistema tecnológico global empiezan a converger en la necesidad de un piso de ingresos garantizados. Elon Musk lleva años sosteniendo que, en un futuro dominado por la IA, el trabajo podría volverse “opcional”, pero admite que una renta básica universal sería clave para hacer viable ese escenario y evitar un aumento de la desigualdad. Sam Altman, CEO de OpenAI, avanzó incluso un paso más y financiación de estudios específicos sobre cómo una renta básica ayuda a personas que pierden su empleo a sostener el consumo básico y volver a capacitarse para insertarse en nuevas ocupaciones vinculadas a la economía digital.
Por ahora en inglés
?Los gobiernos también comienzan a mover fichas, y el caso más observado hoy es el del Reino Unido. Jason Stockwood, ministro de Inversiones británico, reconoció en una entrevista con el Financial Times que dentro del gabinete “definitivamente se está hablando” de algún tipo de renta básica universal combinado con mecanismos de aprendizaje permanente para reentrenar a los trabajadores de industrias que van a desaparecer. El diagnóstico de urgencia se apoya en datos duros: según Morgan Stanley, el Reino Unido registró una pérdida neta de empleos del 8% atribuida a la IA en los últimos 12 meses, la cifra más alta entre las grandes economías, lo que obliga a acelerar el diseño de colchones de protección social.
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?A diferencia de la visión optimista que imagina un futuro sin necesidad de trabajar, las autoridades británicas describen estas medidas como un “salvavidas” para millones de personas que podrían quedar desempleadas en el corto plazo. El alcalde de Londres, Sadiq Khan, alertó sobre el riesgo de un aumento significativo del desempleo “de cuello blanco” en sectores como finanzas, servicios profesionales y medios, todos ellos altamente expuestos a la automatización. En la misma línea, la secretaría de Tecnología Liz Kendall advirtió que, aunque a largo plazo se creen más empleos de los que se destruyen, la IA será en el mientras tanto “un arma de destrucción masiva de empleos”, por lo que el Estado no puede dejar “que las personas y las comunidades se las arreglen solas”.
?La evidencia académica empieza a darle respaldo empírico a estas preocupaciones ya las posibles respuestas. Una revisión sistemática del Departamento de Economía de la Universidad de Huelva, que analizó más de 50 casos de pruebas de renta básica en el mundo, concluyó que los beneficiarios tienden a mejorar el gasto en necesidades esenciales sin dejar de buscar empleo. Este tipo de hallazgos apunta a que una renta básica universal, bien diseñada y acompañada de programas de formación, podría funcionar como un puente para que trabajadores desplazados por la IA se capaciten y accedan a los nuevos puestos que generen estas mismas tecnologías.
?El gran interrogante, también en el debate argentino, es quién y cómo financiaría una política de ese calibre. Bill Gates planteó hace casi una década que deberían ser las propias empresas que incorporan robots y sistemas de IA las que contribuyen con impuestos especiales, bajo la lógica de que “si un robot reemplaza el trabajo de un humano, ese robot debe pagar impuestos como un humano”. Otros economistas, como Ioana Marinescu (Universidad de Pensilvania), advierten que gravar en exceso a las firmas tecnológicas podría ralentizar su despliegue local pero, a la vez, permitiría una transición más gradual del mercado laboral, dando tiempo a los trabajadores para reconvertirse.
El caso argentino
?Para Argentina, donde la informalidad laboral convive con sectores altamente tecnificados, el debate sobre una renta básica universal asociada al impacto de la IA abre dilemas adicionales. Por un lado, el avance de la automatización en servicios, banca, comercio y logística puede acelerar despidos en empleos relativamente bien remunerados; por otro, una renta garantizada podría servir de contención en un contexto ya marcado por la pobreza y la inestabilidad de ingresos. La experiencia británica y las discusiones impulsadas por líderes tecnológicos ofrecen un laboratorio a cielo abierto que el país seguirá de cerca mientras madura su propia agenda de regulación de IA, empleo y protección social.
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En ese contexto, la renta básica universal empieza a ser vista menos como una utopía futurista y más como un instrumento concreto de política pública para gestionar la disrupción tecnológica. Si la IA, como advierte el CEO de Anthropic, se convierte en un “sustituto laboral general para los humanos” y no solo para tareas específicas, los gobiernos se verán obligados a repensar desde cero la red de seguros, subsidios y programas de capacitación. El desafío para Argentina y el resto de la región será anticiparse a ese shock y discutir a tiempo si una renta básica universal, financiada en parte por los ganadores de la revolución de la IA, puede ser la pieza que falta para que nadie quede definitivamente fuera del mercado de trabajo.
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