Pasear un perro imaginario ya no es solo un juego infantil en Europa: en Alemania empezó a proliferar el “hobby dogging”, una práctica en la que personas adultas salen a la calle con una correa vacía, ensayan órdenes, corrigen la postura y hasta “premian” a una mascota que no existe. Sin ladridos ni pelos en el sillón, el entrenamiento promete concentración, autocontrol y una saludable dosis de absurdo en tiempos hiperdigitalizados.
La escena ocurre en Bad Friedrichshall, cerca de Heilbronn, donde una adiestradora de 65 años, Barbara Gerlinger, ofrece clases de educación canina… sin perros: los asistentes levantan las rodillas, sostienen una correa vacía y simulan darle golosinas a su animal invisible mientras escuchan órdenes como “¡Salta! ¡Muy bien!”. Lo que empezó como una broma de club se convirtió en furor de redes, con videos virales y el inevitable comentario de época: “el mundo se está volviendo cada vez más loco”.
Conan
En la Argentina de Javier Milei, donde la política mezcla show, liturgia libertaria y relato místico, el experimento alemán resuena con una mitología doméstica: el Presidente asegura convivir en la Quinta de Olivos con cinco perros, pero nadie logró verlos. Esa ausencia física alimenta una flamante leyenda urbana: los mastines no existirían, serían parte de un panteón personal hecho de tuiters, discursos y merchandising, más cercano a la ficción que a la crónica institucional.
Alemania evalúa prohibir redes sociales a menores y sacude el debate digital
El mileísmo, como clima cultural, parece funcionar cada vez más como un sistema de creencias en el que la materialidad importa menos que el poder de la narración: alcanza con que el líder jure que los perros están ahí, custodiando la patria, para que el dato se instale aunque ninguna cámara logre captarlos. En esa lógica, los canes presidenciales operan como los perros invisibles del “hobby dogging”: figuras proyectadas, cargadas de simbolismo, que organizan gestos, lealtades y relatos sin necesidad de encarnar en la realidad.
Mientras en Alemania la adiestradora defiende su ejercicio como un ensayo general para aprender a manejar un perro real, sin distracciones ni mordidas, los defensores del experimento celebran que no haya que pagar veterinario, impuestos ni levantar excrementos: basta una correa y mucha imaginación. En Argentina, la política parece haber tomado el camino inverso: la “correa” es el poder estatal y el animal invisible es un proyecto de país que se invoca como futuro próspero pero que, por ahora, pocos logran ver más allá del relato.
En ese espejo deformante, el hobby de pasear perros inexistentes y la leyenda de los cinco perros fantasmas del Presidente dialogan como síntomas de una misma época, saturada de simulacros, promesas y realities permanentes. Entre Europa y la Quinta presidencial, la pregunta es parecida: ¿hasta dónde puede sostenerse un vínculo, una fe o una política cuando aquello que se promete —sea un perro, un plan económico o una épica refundadora— solo existe en la correa que cada quien decide agarrar con más o menos convicción.