Coca Sarli sabía lo que pretendíamos de ella
Coca Sarli sabía lo que pretendíamos de ella

Isabel, nuestra querida Coca, sabía muy bien lo que pretendíamos de ella. Durante décadas nos envolvió en voluptuosidad e inteligencia, se adueñó de nuestras fantasías y rompió para siempre con el oscurantismo de lo erótico.

Isabel fue a lo largo de 25 años el cuerpo fetiche en el que se expresaron todas las contradicciones morales, políticas y sociales que atraviesan incluso hoy en día las discusiones de género en Argentina. Solo ella, a fuerza de lo que hoy llamamos beboteo (sí, quiero decir que lo inventó ella), logra deslizarse con tanta elegancia y dinamismo entre los lugares asiduamente asignados a la mujer: la santa y la puta.

Muchos y muchas la discuten con el diario del lunes, a ella y su cómplice Armando Bo, por ser perpetradores de la mirada androcéntrica e incluso machista sobre la sexualidad de la mujer siempre ligada a la idea de pecado o de enfermedad. Lo cierto es que su sensualidad infinita logra rebasar cualquier lente, guión o vestuario como así también cualquier marco teórico que intente contenerla.

En primer lugar, el hecho político de, aún entre una fuerte proscripción, llenar cines explicitando una sexualidad que hasta el momento era tabú. Hizo del erotismo un lenguaje popular y dio volumen, a tono con sus curvas a una sensualidad real. La saca del closet, muestra su cuerpo y, no contenta con eso, construye mujeres plenas de pasión. Mujeres dionisíacas en un mundo en el que el goce es pensado sólo como un privilegio masculino.

La mayoría de las notas y homenajes que leí la enuncian como “la que hizo delirar a generaciones de hombres” pero se olvidan de que la fantasía no tiene género. Hizo delirar a generaciones de mujeres, lesbianas y travestis a lo largo de toda argentina también, fue el primer amor de muchas y abrió para todes el imaginario de una sexualidad posible. Por ejemplo en “La Tigra” hace de manera inédita alusión al lesbianismo. ¿Quién no deseaba a la Coca?

“Una vez que se casa la mujer se vuelve una esclava eterna, cocina, lava, plancha y para ella nada” le espeta a dos muchachos mientras la miran atónitos en Muhair, en 1967. Diálogos perdidos de un feminismo insospechado para la época. Ningún marco teórico cabe acá, más bien la realidad efectiva de potencia y desborde de una diosa criolla que pone los puntos sobre las íes.

Fuera de la pantalla las anécdotas que la rodean son deliciosas, como aquella épica cachetada al sacerdote televisivo Daniel Zaffaroni al tocarle los senos para decir “no vale la pena orar por ella, ya está condenada” que lo dejo desparramado entre sanguchitos y canapés. O los relatos acerca de cómo cerraba, sí, ella, los números de cada película como productora.

Sin embargo mi preferida es la que contó para despedirla Camila Sosa Villada. “Cuando a Flor de la V una señora le hizo un juicio para que se cambiara el nombre, Florencia de la Vega, porque se sentía ofendida de que una travesti se llamara como ella, la Coca Sarli le ofreció su apellido a Flor. Ojalá estés ahorita mismo en el cielo de las travestis.”

Coca querida, no se me ocurre ningún otro cielo de más ternura para desearte. A vos, que siempre nos diste tanto más de lo que pretendíamos de vos.

* Andrea Conde es legisladora porteña y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.