Claudio España
Claudio España

Concluía mayo del año 2005. Para costearme los estudios de la carrera Diseño de Imagen y Sonido de la UBA había empezado a trabajar hace poco como técnico para una empresa proveedora de Internet, haciendo instalaciones y reparaciones a domicilio.

Todavía novato, tenía dificultades para equilibrar el tiempo de las visitas y llegar a todos los clientes asignados para el día. Un viernes complicado, en el que venía retrasado, llamé al último cliente para avisarle que no iba a llegar a atender su problema. El siguiente fue mi informe de aquella comunicación telefónica: me respondió de mala manera, en tono agresivo, y me dijo que ya había llamado para quejarse por mi negligencia. Le di la razón y le pedí disculpas; me respondió que no me disculpaba. Le dije que se iba a pactar otra visita para la semana próxima, a lo que me contestó que fuera al día siguiente –día sábado– a solucionarle el problema.

El lunes siguiente me mandaron con el mismo cliente. Nervioso, toqué el timbre del departamento de calle Corrientes, entre Azcuénaga y Pasteur, en Balvanera. Me recibió un tipo amable, enérgico, resuelto –en aquel entonces estaba en sus sesenta, pero aparentaba mucho menos–, con una de esas caras que siempre están sonriendo y un carácter jodón, sardónico. Estoy seguro de que largó algún comentario irónico sobre nuestro desencuentro telefónico, mientras subíamos en el ascensor hasta el noveno piso.

Me hizo pasar a lo que él mismo caracterizaría, en un correo que me envió el 17 de noviembre, como “ese departamento lleno de libros y de videos”: un modesto lugar cuyas paredes eran casi en su totalidad enormes bibliotecas-videotecas, salvando los espacios donde colgaban los posters de cine nacional, y en cuyas mesas y rincones se acumulaban las revistas, los libros, los VHS y algunos pocos, recientes DVD.

Conservo aún el profundo impacto que me produjo aquel hombre, que había pasado de un anónimo cliente enojado a ser este ameno y fascinante especialista en cine y literatura. 

Congeniamos enseguida. Mis precoces gustos eran sus más grandes especialidades. Hablamos de mi carrera –él había sido docente en la UBA de materias relacionadas con el cine durante muchos años–. Le sorprendió el hecho de que proyectaran, a todos los ingresantes, la película The Usual Suspects (1995), como ejemplo de película perfecta. Me dijo que si le dieran a elegir, el pasaría Los tallos amargos (1956), de Fernando Ayala. Mucho tiempo después entendí por qué.

Me recomendó varias películas de cine nacional, de Hugo del Carril, de Luis C. Amadori, de Lucas Demare. En ese momento no les di gran importancia; hoy las miro y trato de verlas con sus ojos deslumbrados, intentado captar aquello que lo cautivaría.

Fatalmente, no pude solucionar su problema técnico: de haberlo hecho, quizá aquí se acabaría la anécdota. El destino prefirió no darle un cierre al asunto y quedamos, ahora de forma personal, por fuera de la empresa, entre nos, como técnico y cliente, comunicados por celular y correo electrónico.

Salí del impactante santuario biblio-videófilo con un presente bajo el brazo: un ejemplar de su libro Luis César Amadori, publicado por el Centro Editor de América Latina. Nunca voy a entender por qué no le pedí que me lo firmase.

Una semana después, el martes 7 de junio, le escribí para encontrarnos el fin de semana. Por aquella época yo estudiaba inglés los sábados, en el Liceo Cultural Británico, ahí nomás de su departamento. Me contestó el viernes 10 a las 00:33 horas: “Querido Damián. Jueves a la noche, en un locutorio con cibercafé, por supuesto. El sábado te espero. Sólo decime la hora en que vendrás o si querés que te vaya a esperar enfrente de tu escuela de inglés, en el bar Scuzi, Callao y Corrientes, así de paso tomamos un café. […] Te mando un abrazo y hasta el sábado. Espero que no sea muy tempranito... Pero lo mismo da”.

El sábado 11 de junio de 2005 sería el primero de muchos encuentros, la mayoría desayunos, pero también algunos almuerzos, en el bar Scuzi, en la esquina suroeste de Corrientes y Callao. Entre cafés y medialunas –quisiera poder recordar detalles: ¿Qué clase de café tomaba? ¿Cuánto de azúcar? ¿Qué tipo de medialunas prefería?–, entre pizzas y cervezas –recuerdo un almuerzo en especial, con una de esas pizzas a la piedra bien grasosas que chorrean mozzarella derretida–, fluía la conversación, explotaba su verborragia magnética, cautivante.

Se desgranaba en movimientos, en narraciones, siempre con esa sonrisa taimada de hombre que después de mucho vivir ha aprendido a cagarse de risa de la vida. Hablaba de cine y de literatura con un amor indescriptible. Su labia no tenía límites, fluía una adjetivación adornada y original, le brillaban los ojos, sus manos componían escenas en el aire. Pero donde más se lucía, donde le afloraba la sonrisa pícara, se le encendía la mirada de placer y salían a flote sus anécdotas más picantes, era en las narraciones de sus viajes por el mundo.

Había recorrido mucho, visto de todo y sobre cada rincón visitado tenía una historia interesante. Entre los datos culturales y las apreciaciones de un espíritu sensible, solía asomarse la escena insólita que hacía reventar la carcajada –y quien lo haya oído reír sabe de eso–.

Recuerdo en particular una historia de sus viajes por países del Oriente –casi seguro Egipto– y una anécdota picaresca, jocosa, sobre la forma en que uno era recibido si se animaba a adentrarse en ciertas carpas por allí distribuidas: la sorpresa incluía el levantamiento de túnicas y la exposición de partes íntimas, –todo contado entre risotadas.

Para inicios de julio, el trato era de una incipiente amistad: encabezaba los correos con un “Querido Dami”, empleaba frases como “¿Qué es de tu vidalife?”, me contaba que se había encontrado “con dos amigas de vieja data que se estaban peleando por una revista que quieren crear y me divertí bastante”, me pedía “da señales de vida por este medio”, y cerraba los mensajes con “un abrazo fuerte” o “un abrazote”. Incluso me invitó a la presentación de un nuevo libro suyo en el Museo de Arte Decorativo. El libro en cuestión era Cine argentino, 1957-1983. Modernidad y vanguardias, actualmente un clásico de primer nivel sobre historia del cine. Cómo me arrepiento de no haber respondido a su invitación.

La comunicación por correo siguió siendo muy efusiva de su parte, pero cada vez más escasa de mi lado. Yo tenía apenas veinte años, trabajaba y estudiaba tiempo completo, y andaba medio disperso tratando de encontrar mi lugar en el mundo. Entre el 14 y el 28 de julio me envío tres correos, sin que yo le contestase ninguno, cuyos asuntos son: De Claudio, tu mejor cliente –donde me avisa que necesita un nuevo teclado porque el suyo “baila, porque está medio arqueado: tengo que ponerle un diskette debajo de la patita”–, De Claudio España, tu peor cliente –en el que simplemente escribe: “Querido amigo: ¿recibiste un mensaje que te envié la semana pasada con unas preguntas? Un abrazote”–, y finalmente, Claudio, preocupado, que comienza con un irónico “Dami: O estás muerto o te mataron”.

Sin embargo, mis ocasionales respuestas, largos y efusivos correos llenos de excusas, de novedades, de anécdotas personales, creo que lo dejaban contento y le hacían sacarse de encima el enojo de los largos períodos sin respuestas.

Con su particular sentido del humor, oscilando entre la queja al técnico negligente y el guiño al amigo confidente, me escribía el 18 de agosto: “¿Cómo estás, Dami? ¿Sin inglés y con mucha natación? Siempre te recuerdo como tu peor cliente de Internet, ¿o no? Además te recuerdo cada día cuando le pongo un disquete debajo de las patitas al teclado que, como recordarás, baila sobre la mesa, porque está medio arqueado. Prometiste, alguuuuuuuuun día, cambiármelo. ¿Sucederá?”.

Sucedió. El 16 de noviembre le escribí para contarle algunas novedades, entre ellas, que había dejado la carrera. Su respuesta, al día siguiente, fue: “felicitaciones por tener mucho laburo, pero no por dejar los estudios”, a lo que luego le agregó: “podemos charlar, […] si hacemos un lugarcito, tomando un café en Scuzi”. Y así fue: el sábado 19 toqué el portero de la biblio-videoteca donde vivía, le reemplacé el dichoso teclado, charlamos, me comentó su interés en pasar sus numerosos VHS a DVD, recuerdo que me mostró algunos videos de una colección de cine nacional que comenzaban con una presentación de la película hecha por él. Fuimos a almorzar a Scuzi. Comimos pescado. Hablamos de su trabajo como docente universitario, de sus estudios de Letras, de su juventud, de sus amores. Hablando se fue la tarde.

Algún día cercano a esas fechas habremos tomado el último café. Creo que afuera garuaba. No recuerdo nada específico: al no saber que sería el último, la memoria lo batió y mezcló con todos los otros cafés que nos tomamos. De haberlo sospechado, hubiese atesorado su fluidez, su textura, su aroma.

Para fines de diciembre me escribió un correo enviando saludos para las fiestas. La vida siguió su curso. Ya no había una excusa concreta –la patita torcida del teclado– que estimulase la visita. Para febrero de 2006 me escribe cargado de puras preguntas: “¿Cómo anda la vida? ¿El trabajo? […] ¿El noviazgo? ¿La natación? ¿El año nuevo? ¿Las vacaciones? ¿Tudo Bem?”. No hay respuesta de mi parte.

Silencio. La vida sigue.

El tiempo y la distancia cavan zanjas profundas en la memoria de los hombres. Cosas nuevas aparecen. Otras se olvidan. Un año después, el miércoles 25 de abril de 2007, me escribió un último correo. “Hola Dami: encontré tu dirección y te mando un saludo. ¿Te acordás de mí, en la calle Corrientes? Tomamos algún café en Scuzi, en Callao y Corrientes. Te mando otro saludo y deseos de suerte. […] Un gran abrazo. Claudio (España)”. Otra vez, no hay respuesta mía. No hay ninguna respuesta.

Otro año pasó. Mediados del año 2008, mi vida es otra, tengo otro trabajo, estudio otras cosas, tengo gente nueva en mi vida. Nunca voy a olvidar el día. No sé qué fue lo que despertó su recuerdo en mí. Quise volver a escribirle. Volver a verlo. Tomarnos un café en Scuzi. Charlar de cine, que me recomiende películas nacionales, que me señale lecturas, que me cuente, entre sus enormes carcajadas, anécdotas jocosas y picantes sobre sus viajes por el globo. Se me ocurrió googlear su nombre. La noticia decía: “Murió el crítico de cine Claudio España”. Había sido el 28 de marzo de 2008.

Ese silencio mío cuando podía hablarle, convertido luego en absoluta imposibilidad de responderle, quedará para siempre, con el peso de una ausencia, en mi vida. Quisiera pedirle disculpas, pero sé que me respondería, como aquella primera vez, entre sarcástico y certero, que no me disculpaba. Quizá esto que escribo, a modo de humilde homenaje a su encantadora personalidad, a su enorme talento, a su deslumbrante inteligencia, a sus divertidas conversaciones, a nuestra fugaz relación de amistad –medio torcida, medio arqueada–, sea una forma de respuesta diferida a ese hombre que tanto admiré, que tanto me marcó y significó para mí, y que en el vértigo final se fue sin que pudiéramos tomar el último café.