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Cuando la cama es el punto de encuentro de la desolación

El cine argentino sigue sorprendiendo con trabajos espinosos y sombríos. Un trabajo con riesgo artístico y apuesta por la otredad.

La cama como lugar de unión y a la vez de lo trunco, de lo maltrecho. La cama como no lugar, también como escenario de la depresión y el agujero emocional. Apenas unos breves minutos le toma a la actriz y realizadora Mónica Lairana devastar el ánimo de quien se enfrenta a este, su primer largometraje.

La cama funciona como sustantivo y como personaje mudo acoplado a un dueto disfuncional como el que componen Sandra Sandrini y Alejo Mango: una pareja que atraviesa la decrepitud de los cuerpos y de su relación. De sus propias vidas. Sus fisonomías desvencijadas se muestran desnudas ante una cámara que hace las veces de ojo activo del espectador, voyeur culposo ante la tragedia que se desarrolla en pantalla.

Él y ella habitan una casa que parece clavada en un tiempo pasado. Un almanaque-portalápices habla del año 2000 pero la decoración indica lustros anteriores, como si el reloj hubiera avanzado solo para ellos y su derrotero de desdicha. Ella intenta tener sexo con él pero él no puede; ella llora, sufre, lo extraña cuando él sale de la casa, se aterra ante su más mínima ausencia. Él se aleja, luego se acerca, más tarde se vuelve a ir. El relato avanza a medida que ellos retroceden en su vitalidad. Una casa en estado de desarme permanente, de mudanza inminente. Como sus propias humanidades, perdidas entre las sábanas que ya no los cobijan ni los arropan.

La cama es una historia de dolor profundo, ominoso. Es una experiencia audiovisual que se para en el minimalismo para contar lo insondable. Lo hace como el cine muy pocas veces se anima a hacerlo. El resultado es desolador y genial.

EXCELENTE

La cama  Argentina / Brasil / Alemania / Holanda, 2018. 94` Guión y Dirección Mónica Lairana. Montaje Eduardo Serrano. Fotografía Flavio Dragoset. Con Sandra Sandrini, Alejo Mango. 

La cama - trailer

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