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Una receta japonesa infalible

Se estrenó en el Cosmos UBA "Una pastelería en Tokio", conmovedor y extraordinario film de Naomi Kawase.

En los últimos años, la presencia del cine japonés en las salas argentinas ha sido nula o, en el mejor de los casos, fugaz. Desterrado del circuito comercial, su existencia en esta parte del hemisferio quedó reducida a ciclos y retrospectivas de gigantes de su cinematografía como Yasujiro Ozu, Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi y Takeshi Kitano. Nadie puede dudar que en las obras de estos referentes se encuentra lo mejor del séptimo arte nipón, observación que, sin embargo, no nos inhabilita para preguntarnos por otros exponentes de ese cine. ¿Quiénes son? ¿Constituyen una verdadera renovación o pisan dóciles sobre las huellas que dejaron sus maestros? 

Sin ánimo de ser exhaustivos, creemos que hay dos nombres que enaltecen el cine japonés desde hace unos 20 años: Hirokazu Kore-eda, director de Nadie sabe, Un día en familia, De tal padre, tal hijo y Después de la tormenta, entre otros magistrales films, y Naomi Kawase (Suzaku, Shara, El secreto del bosque, Hacia la luz), la talentosa realizadora de Una pastelería en Tokio, película de 2015 que se acaba de estrenar en Argentina y de la que hablaremos en esta oportunidad.

En el film de Kawase, basado en una novela de Durian Sukegawa, un hombre solitario y tosco llamado Sentaro (Masatoshi Nagase) trabaja en un pequeño establecimiento gastronómico en un suburbio de Tokio. Allí sirve dorayakis, un tradicional pastel japonés con relleno de dulce de porotos (anko). Un día llega a su local una simpática anciana, Tokue (Kirin Kiki), quien se ofrece para trabajar como cocinera. Si bien al principio Sentaro se niega a emplearla, tras probar su exquisito anko casero cambia de opinión. Pronto, gracias a los dotes culinarios de Tokue, el negocio se llena de clientes, para la sorpresa y alegría de su encargado, la anciana y Wakana (Kyara Uchida), una joven habitué del lugar que tiene una relación conflictiva con su mamá. Sin embargo, a raíz de los rumores que empiezan a correr sobre una enfermedad que padecería Tokue, el local pierde su clientela y, lo que es mucho peor, la vida de los tres protagonistas retoma su senda sombría.

Con Una pastelería en Tokio, Kawase da muestras, una vez más, de su madurez como realizadora, ofreciendo un film que desborda sensibilidad pero nunca empalaga al espectador. En la escena más bella de la película, Tokue cocina el anko ante la presencia de Sentaro, quien la ayuda a mover las ollas mientras la anciana le explica paso por paso su preparación.

Con suma astucia, la cineasta nipona no solo utiliza una receta para hacer foco en la eterna tensión entre tradición y modernidad, sino que además nos recuerda que la poesía es un elemento omnipresente. Sí, en esa pequeña cocina llena de ollas y sartenes humeantes, con Tokue y Sentaro chocándose al querer desplazarse, hay poesía. Ni las hojas de los cerezos agitándose por el viento, ni el lento transitar del protagonista por su casa al amanecer resultan tan cautivantes como la escena en la Tokue prepara el anko.

A su vez, podríamos decir que Una pastelería en Tokio es un film que también aborda uno de los grandes males de toda sociedad contemporánea: la soledad. Kawase nos muestra a Wakana, Sentaro y Tokue como tres almas solitarias (en tres estadios bien diferentes: juventud, adultez y vejez) que terminan por unirse para combatir su desencanto. Si hay algo que la película logra exponer acertadamente, sin caer en subrayados, es esa desesperanza que comparten los protagonistas.

Con una brillante actuación de la veterana Kirin Kiki, Una pastelería en Tokio confirma que Naomi Kawase es una realizadora notable y que el cine japonés, por si alguien lo dudaba, sigue tan vivo como siempre.

EXCELENTE

Una pastelería en Tokio (An) Japón. 2015. 113’. Dirección: Naomi Kawase. Guión: Naomi Kawase (basado en una novela de Durian Sukegawa). Fotografía: Shigeki Akiyama. Música: David Hadjadj. Elenco: Masatoshi Nagase, Kirin Kiki, Kyara Uchida, Miyoko Asada, Etsuko Ichihara, Miki Mizuno.

Una pastelería en Tokio

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