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Monseñor Aguer perdido entre la homofobia y la crítica de cine

Daniel Castelo

El Arzobispo de La Plata firmó una prehistórica nota de opinión contra el film "Llámame por tu nombre", aclamado en todo el mundo y que viene de ganar un Oscar al guión.

Call Me by Your Name
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Es símbolo de las posiciones más retardatarias de la Iglesia Católica argentina y cada vez que puede expresa sus opiniones en los medios que tiene a disposición. Mientras intenta sortear el huracán revolucionario del feminismo y cuando todavía no logra reponerse de la amplitud de derechos que se viene aprobando en el país, Monseñor Héctor Aguer, Arzobispo de la Arquidiócesis de La Plata, publicó una bizarra crítica cinematográfica contra el film italiano/estadounidense Llámame por tu nombre.

En una columna publicada por el diario platense El día, el religioso muestra su espanto ante la bella historia de amor (dirigida por Luca Giadagnino y con guión de James Ivory) entre un joven y un adulto en la Italia de los años 80. 

En su diatriba, Aguer emplea términos que parecen salidos de una encíclica de hace por lo menos tres décadas. Luego de referirse al "amor homosexual" entre Elio (impecable Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer), el religioso construye un relato cronológico en el que su aversión por la comunidad gay aparece con más fuerza a medida que avanza el texto.

"Después de los paseos en bicicleta y el nadar juntos, sobrevendrán las caricias y los besos", dice asqueado para luego puntualizar que aquello deviene en que "se ostenta delicadamente, paso a paso, la naturalidad de lo antinatural".

Entre citas a Freud (cuyas conceptualizaciones sobre la homosexualidad fueron dilapidadas hace tiempo por teorías renovadoras), Platón y algunos apóstoles, el antediluviano arzobispo no deja de marcar que "no se nombra a Dios en el filme, al Dios de la Alianza, que ha dado al pueblo elegido (los protagonistas son judíos) la Torá, los Nebiyîm y los Ketubîm. Muchos libros, amplia erudición literaria, pero la Biblia no aparece", dice.

Monseñor Aguer
Monseñor Aguer

En relación a Freud, le echa mano para escribir que "el genial pensador del siglo XX afirmaba el carácter perverso e impúdico de la sodomía porque según él –como según la moral católica- una finalidad esencial de la relación sexual, que no se puede descartar, es la comunicación de la vida. Varón con mujer, por consiguiente".

"La dimensión moral está ausente", escupe Aguer y entiende que el padre del protagonista, hacia el final "hubiera deseado experimentar lo que ha vivido Elio". Y por supuesto, relaciona el amor entre los dos hombres como una "aventura amatoria ´contra naturam´" que "acaba en la soledad, con sabor amargo".

Pero en el últino párrafo es donde el religioso despliega sus últimos y más retrógrados cartuchos de homofobia y mesianismo católico, por eso vale transcribirlo sin mayor comentario:

"Tengo una sospecha: hay gente, y dinero, empeñados en hacer pasar por natural lo que no lo es, comprometidos en la estafa a la verdad. ¡Apta para mayores de 13 años, dice el cartel! Es verdad que cualquier chico tiene a su alcance, con su telefonito, toda la basura del mundo, pero si la autoridad encargada de la calificación considera que lo que yo he visto, una vista muy bella y por eso más dañina, resulta adecuada para que con ella se intoxiquen los adolescentes o los niños, el Estado se suma al complejo circuito de desnaturalización de la naturaleza, de la elegante promoción de la mentira".

Las palabras y el abuso de menores

En el artículo de Aguer hay, además de la explícita condena a lo que considera "antinatural", una llamativa elección de palabras que bien podrían ser parte de cualquier investigación sobre la pedofilia en la Iglesia Católica, institución que en Argentina y el resto del mundo optó por tapar los casos de curas abusadores y hasta defenderlos a la hora de las acusaciones.

"Silencio", "pedofilia", "sospecha", "sodomía", "suciedades como la masturbación", se dan la mano con la descripción que hace de una de las escenas: "señalo en particular la escena en la que Oliver, notando la tensión del muchacho en un contexto deportivo, toca sus hombros y su cuello en una suerte de masaje que lo afloje. El masaje es un mensaje. toca sus hombros y su cuello en una suerte de masaje que lo afloje", dice Aguer y podría tratarse también del relato de alguno de los niños víctimas de sacerdotes pederastas que llevaban nenes a sus habitaciones y los "aflojaban" con masajes.

En otro pasaje vuelve a citar un diálogo, cuando "Oliver tranquiliza a Elio: ´no hicimos nada vergonzoso´". Sería solo cuestión de rastrear alocuciones de numerosos niños abusados en iglesias para encontrarse esta misma frase.

En otro párrafo Aguer dispara que "el adulto advierte lo que le ocurre al chico, aguarda el desenlace y disfruta quizá cínicamente. O es un abusador, o es tan inmaduro como el menor". La redundancia a la hora de emparejar su mirada de la ficción con las situaciones reales vividas por niños abusados por curas es notable, por momentos aterradora y, quizá peor, rematadamente cínica.

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