Un dispositivo rudimentario sumerge unas maderas, que parecen ser paletas de playa, en recipientes llenos de pintura de colores pasteles. Las maderas son moldes; y la pintura, resina teñida. Esos colores se transformarán en globos. Lisos, con pintitas, marmolados. Si se pinchan, se descartan. Así se hace un globo. ¿Pero cómo se hace un hijo, un padre? ¿Cómo se hace esa relación?

Mariano González, Los Globos
Mariano González, Los Globos

Los Globos indaga en los miedos de César que, recién salido de rehabilitación por adicciones, se paraliza ante la existencia de un hijo. César es torpe en sus relaciones, habla poco. Hay algo de lo físico, de lo corporal que se le antoja una manera más natural de comunicarse. A su hijo le esquiva la mirada y le responde como a un desconocido. Alfonso explora, camina, pregunta, mira, juega. La cámara tiembla. César es como un payaso triste: llora sin lágrimas y casi en silencio. César es Mariano González y Alfonso es Alfonso, su hijo en la vida y en la película.

En su ópera prima, González hizo casi todo: guión, producción, dirección, actuación y montaje. Y aunque el motor fundamental de su escritura fue la paternidad, dice que la clave fue pensar como un productor: “Hice un dibujo con lo que tenía al lado, dije: tengo un hijo, un auto y un amigo que tiene una fábrica de globos”. Para González, que había hecho algunos cortos y tenía cierta trayectoria en teatro, el cine le era bastante ajeno pero tenía el deseo de protagonizar un largometraje. Con ese objetivo, supo rodearse de un equipo experimentado (el nombre de Fernando Lockett como director de fotografía sirve de ejemplo) que, junto al premio Ópera Prima INCAA 2012, le brindó el sostén necesario para lanzarse al riesgo.

— ¿Cuáles son las ventajas y desventajas del rol multitarea que asumiste?

— No sé si llamar ventajas pero se abre una oportunidad para mí de poder seguir contando. Y, por otro lado, la escritura del guión se termina con el montaje. Ojalá estos procesos me sigan enseñando y despertando cosas, que no sea que el guión sea de una manera y se tenga que respetar. Creo que es un juego hacer una película. Es un juego actuar, dirigir. El trabajo serio aburre, por eso no me gusta trabajar serio pero sí trabajar en serio.

— Si tuvieses que elegir, ¿con qué rol te sentís más identificado?

— Como guionista y director es mi primer trabajo grande que sale a la luz. Como actor tengo más experiencia. En los tres lugares me siento bien pero en la escritura a veces sufro por no tener las herramientas o las palabras, o el orden de la oración; a veces me cuesta encontrar cómo contarlo. Y en la actuación sufro porque me pongo nervioso pero hasta que la cámara no se enciende, estoy tranquilo. Como director por el momento estoy disfrutando más.

— Hablás de nervios a la hora de actuar pero también decís que mientras la cámara está apagada, estás tranquilo. ¿Cómo es esa contradicción?

— La tranquilidad previa es un trabajo de voluntad. ¿Por qué tengo que sufrir en un lugar en el que el espectador no me va a ver? Sufro adentro de la cámara. Y si es algo que no puedo hacer, tengo que sincerarme. ¿Por qué me voy a lastimar? Me parece que el trabajo va por ahí.

— ¿Eso lo traés del teatro?

— De la vida. De trabajar así en la vida: como padre, como persona, como amigo, como hermano, como todo. Trato de que mi trabajo sea honesto. Y creo que eso me da la necesidad de mostrar. ¿Por qué uno tiene ganas de mostrarse como actor?

— ¿Por qué?

— Es una pregunta. ¿Por qué? Los actores a veces quieren demostrar que piensan, que saben y que son inteligentes por fuera de la escena. Eso me aburre totalmente. La inteligencia, la frescura y la sensibilidad del actor se necesitan cuando se enciende la cámara. No sé si llamarlo “la vieja escuela” pero hay actores que necesitan dar su punto de vista y hay directores que necesitan preguntar si se entienden las indicaciones. Esto no es necesario, menos en el cine. Creo que se tendría que trabajar más desde ese lugar y evitar esas charlas aburridas entre el director y el actor.

Mariano González, Los Globos
Mariano González, Los Globos

— ¿Cómo fue la experiencia de dirigir y de actuar junto a tu hijo y a tu padre? ¿Por qué elegiste hacer la película con ellos?

— Hubo algo lindo que me pasó con mi papá, con mi hijo y también con mi amigo Martín [Viale] que fue que yo les hablaba y ellos iban. Ahí salían las mejores escenas, cuando hacían su aporte a lo que se estaba contando, y eso es algo que uno agradece. Creo que fue una muy buena decisión elegirlos porque había algo de los vínculos que iba a ser inconfundible y muy sincero y que podía potenciar a la película. Y, si bien sabía que me iba a cansar mucho, todos esos riesgos y temores eran parte también de lo que estaba por contar.

— Los Globos está dedicada a tu padre, que falleció antes del estreno. ¿Llegó a ver algún armado de la película?

— Armado no pero llegó a verse él. Sólo dijo: “Ah, mirá”. Era de esas personas muy presentes, que con dos o tres palabras ya te decía todo. Estaba ahí. Estaba. La madre también llegó a verlo, mi abuela, que falleció después que él, a los 100 años.

Los Globos ganó el premio Fipresci en el 31° Festival Internacional de Mar del Plata, el reconocimiento del público en el 7° Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín y mejor largometraje nacional en el festival de cine de Santiago del Estero.


“Admiro mucho a la gente que tiene un oficio”, confiesa González, cuyo primer trabajo fue armar bicicletas en Quilmes, donde vivía. También le gustaba pintar y dibujar, y recuerda que la maestra del primario lo felicitaba por la redacción. “Pero la vagancia y la esquina del barrio siempre ganaban”, cuenta. Después comenzó a viajar hasta la Capital Federal para formarse como actor: estudió con Norman Briski, Julio Chávez y Ricardo Bartís. Hoy hace el viaje inverso, de Capital hacia Quilmes, para ver a su familia y jugar al fútbol con sus amigos. Su estado de Whatsapp, sin embargo, no habla del cine, ni del teatro, ni de Independiente, ni del sur. Dice: “En la ferretería”.

— Hoy, con el estreno de la película, mi casa está dada vuelta. De tanto estar con la computadora estaba necesitando mi actividad física así que me puse a rasquetear y pintar el techo de la cocina. Están los tachos de pintura y en la mesa está la computadora abierta. Así que trabajo dos o tres horas en la computadora y me voy y trabajo dos o tres horas en el techo. Vuelvo a la computadora, vuelvo al techo. Después me baño y termino el día. Pero hay algo que necesito de los dos trabajos.

— El personaje de César también necesita mantener el cuerpo ocupado.

— Y no pensar, es lo que ese tipo de trabajo te da. Con un oficio te sentís protegido. Si yo me siento en este sillón con un problema y un atado de cigarrillos al lado, mi cabeza no va a ir para un buen lugar pero si traigo una valija de herramientas, seguramente voy a tener pequeños descansos del problema que estoy pasando. Creo que por eso César se instala en ese galpón. Es su lugar, su refugio, donde se siente protegido y además se tiene que concentrar porque trabaja con un horno caliente y los moldes se pueden romper. No se puede hacer un globo pensando en otra cosa.

— En Los Globos, la música es protagonista recién en los créditos, ¿a qué se debe esta decisión?

— No quería que la película necesitara de música por una cuestión de que trato de cuidar las palabras. A veces pienso que en el cine se regalan mucho las palabras, que la gente habla fácil, que todo se resuelve, se subraya. Creo que la música formaba parte de eso. Me parecía que lo que quería transmitir estaba más en el cuerpo del padre y en ese nene. Era un desafío que se cuente sin música.

— ¿Cómo trabajaste ese cuidado de las palabras?

— La idea de cuidar la palabra está desde un principio pero es una construcción de esas tres escrituras que son el guión, el rodaje y el montaje. Como director, uno tiene la posibilidad de analizar qué es necesario decir. Todo el tiempo tiempo estoy pendiente de que no haya dos herramientas que cuenten lo mismo: si está en la palabra, está en la palabra; si está en el cuerpo o en la mirada, está en el cuerpo o en la mirada; si está en el sonido del viento, está en el sonido del viento. Quiero que cada cosa tenga la fuerza que tiene que tener.

Mariano González, Los Globos
Mariano González, Los Globos

Durante la entrevista, el grabador está apoyado sobre Hasta que puedas quererte solo, el último libro de Pablo Ramos. Mariano González lo reconoce y cuenta que se lo recomendaron mucho.

— El autor es un exadicto, ¿no? — pregunta.

— ¿Se puede dejar de ser adicto?

— Creo que sí. También creo que la adicción debe tener grados.

— El protagonista de tu película estuvo dos años en rehabilitación, ¿creés que este dato resignifica sus miedos por la paternidad?

— La primera versión del guión estaba planteada desde ese lugar. Había más datos sobre la internación por drogas, como ese grupo de amigos de crossfit que eran todos de la misma rehabilitación. Pero César no está luchando para no drogarse, está luchando para tratar de no conocer a ese nene. Es un personaje torpe, como a mí más me interesan los seres humanos y como creo que somos. Lo más importante es que él está dos años aislado y al volver, al empezar de nuevo, se encierra en ese trabajo para descansar de lo que padece o de lo que le pasó. Pero el terror está afuera, en ese niño.

— Alfonso dice unos textos muy significativos en relación al bosque y a explorar. ¿Estaban planteados desde el guión?

— Son textos de él. Él tenía bloques de pensamientos muy claros, donde estaba dando vueltas un tiempo. Yo tenía muy presente el mundo de él en ese momento y le decía que hablara con lo que le estaba pasando. Por esa época era la exploración, por eso aparecía todo lo del bosque. También me parecía un gesto amable de este padre que, dentro de su torpeza, lo lleve a explorar. Y hay algo que César también está empezando a explorar como padre, más allá de la exploración del hijo. El bosque era un lugar metafórico, donde paradójicamente el nene siente que lo cuida al padre mientras el padre todavía no puede cuidarlo bien a él.

— ¿Cuáles son tus próximos proyectos?

— Estoy escribiendo una serie de ocho capítulos. También estoy trabajando en un proyecto comercial. Y estoy esperando la confirmación del comité del INCAA por el guión de mi segunda película. Quiero hacer una trilogía de películas sobre nenes.

— ¿Qué te interesa del universo infantil más allá de la paternidad?

— Los nenes te pueden dar muchísima felicidad pero a su vez te colocan unos temores y unos miedos que otra cosa no te pone en la vida. Es un poco contradictorio. En esta segunda película hay un niño como factor principal, como motor. Pero en este caso no está contado a través de un padre sino de una mujer que no es la madre.

“Cuando hay un niño hay peligro”, dice el director de Los Globos después de quedarse un rato en silencio. Pablo Ramos, en el libro que antes despertó el interés de González, habla de una herramienta que permite que lo desconocido “deje de sonar a peligro y comience a sonar a posibilidad". Esa herramienta es la ternura, a la que sólo podrán acercarse quienes se animen a explorar.

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Los Globos ganó el premio Fipresci en el 31° Festival Internacional de Mar del Plata, el reconocimiento del público en el 7° Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín y mejor largometraje nacional en el festival de cine de Santiago del Estero. Próximamente seguirá su recorrido por festivales internacionales.

Este jueves estrena en el Cine Gaumont con funciones a las 17.15 y 23.20, y continúa en Malba los domingos a las 18.

Ficha técnica

Guión y dirección: Mariano González.
Producción: Mariano González, Juan Schnitman, Paolo Donizetti, Iván Granovsky.
Producción Ejecutiva: Iván Granovsky.
Dirección de fotografía: Fernando Lockett.
Montaje: Santiago Esteves, Delfina Castagnino, Mariano González.
Sonido: Emiliano Biaiñ, Marcos Zoppi.
Intérpretes: Mariano González, Alfonso Gonzalez Lesca, Juan Martín Viale, Jimena Anganuzzi, Roberto José González.
Argentina, 2016. 65 minutos