Prometió que cuando estrene su décima película se jubilará como director de cine. Le quedan dos (según su conteo, porque en realidad van nueve, incluyendo a Death Proof, que él deja afuera) y por ahora Quentin Tarantino viene logrando lo que sólo unos pocos realizadores pueden sostener después de casi 25 años en el primer plano: sostener una carrera impecable con films a la altura de las expectativas.

El caso que nos ocupa es el de su octavo largometraje oficial y segundo western consecutivo, Los 8 más odiados (The Hateful 8), donde -dato al margen- en un coqueteo con los trastornos obsesivos compulsivos, decidió alinear numeraciones. 

En el que es su film más extenso hasta el momento (187 minutos), Tarantino decide no sólo repetir género sino que además pone todas las fichas a la ruleta rusa que significa encerrar a sus personajes durante más de dos horas en una pequeña cabaña rodeada de una nevada monumental. Pero antes, en una intro donde la claustrofobia también es protagonista, la historia se dispara sobre una carreta. 

Flashback textual. Corte. Funde a blanco. Música.

Los acordes de Ennio Morricone (que volvió a grabar una banda sonora para el género tras 40 años sin hacerlo) dan inicio al relato en títulos de crédito que plantan en pantalla -en majestuosos 70 mm- un escenario cubierto de nieve y con la presencia profética de una cruz que señala hacia dónde se dirigirá el derrotero de los personajes.

Dos cazadores de recompensas (Kurt Russell, Samuel L. Jackson), una asesina esposada (Jennifer Jason Leigh) y tres cadáveres anónimos en el portaequipajes viajan con destino al pueblo en que se pagará la recompensa. Pero poco importa el destino cuando lo que vale es el camino. Sobre todo cuando ese camino está trazado por un guionista/director que gusta del empedrado antes que del llano tranquilizador.

Quizá por eso también el autor de Pulp Fiction no duda en plantearnos a los personajes más misóginos que haya parido su factoría, un puñado de miserables que descargan en la no menos cretina Daisy Domergue de Jason Leigh sus instintos primitivos y su brutalidad innata. 

El film reflexiona, entre otros tópicos, sobre la América oscura, farragosa, la que perdió la guerra civil pero ganó en los modos y las costumbres. La cadena alimenticia que dibuja QT en esa carreta, con su chofer vapuleado por el kapanga que lo contrató, la mujer a la que le pegan todos los que le pasan cerca, el afroamericano al que se turnan para despreciar, es un mapa de los Estados Unidos que nadie quiere ver. Con ese planteo, el film fue acusado de racista y, en medio del debate mundial por el NiUnaMenos, recibió algunos latigazos por la incorrección de plantear personajes que no son condenados de forma explícita por sus instintos femicidas. ¿Acaso alguna vez Tarantino hizo algo por adaptar sus personajes al deber ser? ¿Acaso alguna vez levantó mandó a alguien al purgatorio? 

El autor de Pulp Fiction no duda en plantearnos a los personajes más misóginos que haya parido su factoría

Así es que el carruaje que acumula anécdotas, golpes hacia la cara punching ball de Daisy, insultos racistas y semillas de una resolución inevitable se transforma en la cara más clásica del realizador (quizá la más convencional, en términos narrativos, de toda su carrera). ¿Y luego? Para descubrir el quid del carruaje al final del recorrido hay que adentrarse en el metraje que entrega en 2016 este hombre que ama a Sergio Leone y sólo quiere ser uno más del club del plano americano.

Mr. Q anunció hace poco que The Hateful Eight es el segundo de los tres westerns que tiene pensado filmar ("sólo así podré ser considerado un director de westerns", dijo) y aprovechó el envión para escribir un guión lineal apenas roto por un flashback esclarecedor y fatalmente perfecto en su factura. 

Y es precisamente en ese último punto donde aparece el Quentin de la gente, el pibe del video club que agarró la cámara y decidió salir a romperla. Los caños con los que Messi deja pagando a Ronaldo en un Barcelona-Real Madrid, Tarantino los despliega con talento desfachatado y mainstream bien entendido. 

Sí, digámoslo de un tirón y con la cartuchera abierta para desenfundar rápido: Tarantino es el Messi del cine contemporáneo. Posmodernidad, elegancia descarriada y gol.

BUENA